La libertad del encierro

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Claudine había cumplido ocho años y fue llevada por la fuerza para profesar sus votos en el monasterio de las Dominicas de Montfleury. Para las monjas que daban rienda suelta a su arte amatorio entre esas viejas paredes, pensaron que era edad suficiente para compartir a la chiquilla, así que de acuerdo a su costumbre pronto se mudaron a su habitación los diablillos de las tentaciones.

Así que cuando Claudine escapó del monasterio de Prouilhe, además de su deseo de instalarse en el corazón de Francia, el regalo del extraño monje se convirtió en una carga que pronto encontró acomodo. En una de las rúas francesas, cerca de la Iglesia de Saint-Jean-le Rond, en donde una fría noche de noviembre, abandonó a su hijo recién nacido de nombre Jean, compró el pequeño armario de madera con ricos labrados barrocos, los detalles de enredaderas daban el toque apropiado al misterio que encerraba el espejo. Si bien el armario se encontraba muy maltratado, no fue difícil que el ebanista, amigo de ella y amante, no pudiera darle nuevo brillo.

Claudine quedó maravillada por la obra de restauración y pensó, que además de la reliquia, guardar en su interior el diario y cosas privadas que no estuvieran a la vista de los demás. Ni sus damas de asistencia ni de sus numerosos amantes, que como cortesana pública mantenía.

Una noche escuchó un extraño golpeteo desde el interior del armario, como si alguien se encontrara dentro. Otra noche el llanto de un bebé semejante al maullido de un gato. Los extraños ruidos siguieron durante varias noches y no obstante que interrumpía su descanso para asomarse en el interior del mueble, se encontraba prácticamente vacío, por si acaso ocupado en su mayor volumen por el espejo envuelto que evitaba cualquier reflejo. Una noche, entre sueños, vio una sombra de hombre con cuernos y a medida que puso atención pudo distinguir que se encontraba desnudo y que de sus ojos rojos lanzaban una mirada que podía congelar el alma, en su boca redonda había dientes delgados, largos y afilados, de sus manos las uñas parecía garras afiladas, sus piernas y patas de cabra, abrió la puerta del armario y se introdujo para cerrar por dentro. Así que cansada de tanto alboroto y creerle más a sus ojos que a sus oídos decidió trasladar el mueble y su contenido a una de las habitaciones más alejadas a su alcoba y con llave cerrar la puerta de acceso, con la consigna de que nadie tenía autorización de indagar en su interior.

Su primer recuerdo culpó a su mal juicio de adquirir el armario, de llevar a su alcoba los recuerdos acumulados que se incrustaron entre las enramadas del armario, que se impregnaron con el tiempo de las vivencias o temores de las que el mueble fue testigo. Pero tras el esfuerzo de recordar vino a su presente la misteriosa historia del espejo, razón por la cual lo había mantenido oculto y en secreto.

 

Supo, porque se lo contó el monje, que la fastuosa Maura se preparaba coquetamente para recibir a su amado que era un hombre maravillosamente hermoso, atractivo y elegante; llamado Michelle di Rienzo, un coleccionista de objetos extraños. Se acomodaba un adorno en el cabello, cuando observó que el espejo se llenaba de agua, como si la habitación entera se sumergiera repentinamente entre aguas turbulentas, vio a su amado entre aquella turbulencia. Alarmada por la revelación se alejó de aquella horrenda imagen. Nuevamente esa visión se repitió en otra ocasión… y otra. Cansada la mujer de esas imágenes que la  alteraban y temerosa de las profecías que acompañaban al objeto, tomó el espejo y lo arrojó al gran canal. “Ahógate tú y tus presagios”, gritó, mientras volvía a sus preparativos de arreglarse para el encuentro con su amante. Pero cuando el joven apuesto observó a su amada lanzar el extraño espejo hacia el canal, impulsivamente y sin pensarlo, ni saber nadar, se lanzó tras el objeto, sumergiéndose en la profundidad de las aguas del oscuro canal. Los esfuerzos para rescatarlo con vida fueron inútiles y tras un gran esfuerzo, sacaron un cuerpo sin alma, aferrado al enigmático espejo sin que hubiera sufrido daño alguno. La hermosa Maura al enterarse de la tragedia, enloqueció. El espejo fue vendido por uno de los rescatistas a quien le pagaron con él su esfuerzo de rescatar a la víctima. Luego fue adquirido por un hombre que tenía afición por las joyas extrañas quien murió trágicamente en un asalto. Hasta que llegó a las manos del extraño monje, cuando un hombre en confesión afirmó que dicha reliquia traía la mala suerte. El hombre salió del confesionario y rumbo a su casa fue asesinado, su cabeza jamás encontrada, pero en el lugar que fue encontrado el cuerpo en el mes de mayo, armados de aguijones corvos y punzantes, podían verse floridos los rosales del diablo.

Una noche el arruinado Charles-Joseph de la Fresnaye se suicidó en su propia casa, acusando en su carta póstuma a Claudine. Así que pasó una temporada en el Châtelet y después en la Bastilla, donde tuvo que soportar algunas de las ironías de Voltaire. Fue entonces que el armario y su extraño contenido fue robado, porque creyeron que era de gran valor, por el misterio de su custodia.

Jean había cumplido 9 años a lado de su madre de crianza Madame Rousseau y Claudine 44. Cuando salió rumbo al Châtelet, sabía que recobraría su libertad a pesar de que se dirigía a su encierro. Era una tarde hermosa para la vida rumbo a un destino incierto pero renovado. A lo lejos uno de sus amigos, Valecholet se despidió de ella, mientras que el viento desprendió algunas flores de agavanzos y lilas, flotando graciosas se dejaron llevar balanceándose hacia cualquier lado.

 

París 1726

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