Por qué necesitamos tocar a otras personas, incluso durante una pandemia

La pandemia ha privado a muchas personas de una necesidad psicológica esencial para la salud: el contacto físico, pero el hambre de piel ya existía antes de la COVID-19, y sus consecuencias son devastadoras para la salud física y mental

No hace La terapeuta Virginia Satir dijo recientemente “Necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir. Necesitamos ocho abrazos al día para mantenernos en forma. Necesitamos 12 abrazos al día para el crecimiento personal”. El cómico de televisión John Oliver respondió en su programa diciendo “soy inglés, ocho abrazos son los que me tocarían si viviera cuatro vidas”.

Los seres humanos, aunque a veces no lo parezca, somos animales sociales. En un entorno natural, es imposible para un solo individuo sobrevivir, y ni siquiera una familia tiene más oportunidades. Hace falta una tribu. La formación de grupos sociales cooperativos es de forma indiscutible la forma en la que nuestra especie ha llegado hasta nuestros días.

El cerebro necesita el tacto

No es de extrañar que grandes partes de nuestro cerebro estén dedicadas a mantener relaciones sociales. Según el neurobiólogo Matthew D. Lieberman, autor de Why Our Brains Are Wired to Connect (por qué nuestros cerebros están cableados para la conexión), para el cerebro humano las amenazas a nuestras conexiones sociales se procesan de la misma manera que el dolor físico.

A este dolor de la separación se le denomina “dolor social” y, en efecto, con un escáner se ha podido observar que activa el mismo circuito neurológico que el dolor físico. Este mecanismo es el que mejora las posibilidades de supervivencia de los hijos porque les hace mantenerse cerca de sus padres, pero no solo se trata de la crianza.

primates tacto

Esta conexión neuronal entre el dolor social y el físico quiere decir que mantenerse en contacto con otras personas es una necesidad que se mantiene de por vida, como la necesidad de comida o de protegerse del frío. Sin los demás miembros de la tribu, no somos capaces de sobrevivir.

Como ocurre en otros primates, esa necesidad de conexión social se suple, en una gran parte, por el contacto físico. Las consecuencias de no tocar a otras personas se han estudiado ampliamente, y no son buenas.

Bebés desatendidos, adultos antisociales

Cuando los padres no tocan afectuosamente a sus hijos con suficiente frecuencia se producen deficiencias en el desarrollo del nervio vago, el nervio más importante del sistema nervioso parasimpático, que es el encargado de calmarnos. Cuando los padres no abrazan, acariciar, o tienen en brazos a sus bebés, puede desembocar en niños que tendrán más problemas para controlar su estrés.

En un estudio se comparó a adolescentes franceses y estadounidenses mientras comían en McDonalds de París y Miami, respectivamente, y se estudiaron sus interacciones, en concreto el contacto físico y la agresión. Los jóvenes franceses pasaban mucho más tiempo apoyados unos en otros, besándose o abrazando a sus amigos, un comportamiento muy raro en los jóvenes americanos estudiados. En contraste, los jóvenes de EEUU se tocaban más a sí mismos y tenían un comportamiento físico y verbal más agresivo.

bebés tacto

En los años 60 la psicóloga Sidney Jourard estudió cómo se desarrollaban las conversaciones entre amigos en diferentes partes del mundo, y sus resultados fueron asombrosos.  En el espacio de una hora, la gente de Puerto Rico se tocó un promedio de 180 veces. En París, fueron 110 veces. Voló a Florida y el promedio bajó a dos veces por hora. En Londres el promedio era cero.

El contacto físico positivo también es imprescindible para la adecuada producción de oxitocina, la hormona asociada al amor y al vínculo entre las madres y sus hijos. El evitar el contacto con otras personas es uno de los síntomas habituales en el autismo, pero hay estudios que indican que este comportamiento también se puede aprender en la familia. Por ejemplo, las personas que habían recibido más abrazos de sus padres tenían más probabilidades de ser “esa gente que da abrazos” cuando se hacían mayores.

Basta un segundo para tocar a alguien

De hecho, darse abrazos y tocar a otras personas en general tienen un impacto directo sobre la salud. En un estudio con parejas se sometió a los hombres a una corriente eléctrica muy desagradable, pero el simple contacto de la mano de sus parejas disminuyó la respuesta de estrés en la amígdala, la parte del cerebro que la dispara y, asombrosamente, ejerció el mismo efecto calmante en las mujeres que estaban ofreciendo su mano.

El tacto puede incluso tener efectos económicos, promoviendo la confianza y la generosidad. Cuando el psicólogo Robert Kurzban hizo que los participantes jugaran al juego del «dilema del prisionero», en el que podían elegir entre cooperar o competir con un compañero por una cantidad limitada de dinero, un experimentador tocó suavemente a algunos de los participantes cuando empezaban a jugar el juego, con una rápida palmada en la espalda. Pero eso marcó una gran diferencia: Los que recibieron la palmadita eran mucho más propensos a cooperar con su compañero.

baloncesto toque

Lakers at Wizards March 7, 2012

Sin tocarse, más intolerancia, más odio, menos confianza

Los beneficios de tocarse pueden tener consecuencias políticas económicas. En un estudio reciente con jugadores de baloncesto de la NBA se pudo comprobar que cuando los jugadores se tocaban más entre sí, ganaban más partidos. No es de extrañar porque la cercanía física y el contacto con otras personas aumenta la sensación de confianza, algo que, por otro lado, el vendedor que te pone la mano en el hombro ha aprendido muy bien.

Nos comunicamos con el tacto con una complejidad muy superior a la que creemos. Se ha comprobado que por medio de breves toques de un segundo en el antebrazo, los extraños pueden comunicar emociones esenciales para la cooperación dentro de los grupos, como la gratitud, la simpatía y el amor. Pero ¿se interpretan correctamente esos toques? El experimento reveló que la gente acertaba en lo que se quería expresar con precisión siete veces mayor que si lo hicieran al azar. Más aún, también eran capaces de interpretar el significado del contacto entre otras personas a las que observaban.

Son malos tiempos para abrazarse con extraños. La pandemia de COVID-19 está ya cambiando la forma en la que los seres humanos se relacionan entre sí: a distancia, a través de una pantalla, sin tocarse, e incluso con las expresiones faciales ocultas por una máscara. Teniendo en cuenta todo lo anterior no es de extrañar que haya aumentado de tal forma la polarización política, la xenofobia y la desconfianza del otro. Pero hay algo que podemos hacer: siempre que sea seguro, debemos tocarnos y dejar que nos toquen. Lo necesitamos más que nunca.

 

Fuente: Revista quo