Balas perdidas de asesinos anónimos

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El cuerpo aún espera que pasen las horas, para que frio muera el último vestigio de vida y con el día se borre la huella de su existencia. Entre sombras el alma deambula desconcertada, que sin causa ni motivo emprendió su huida, mientras en el silencio la bala perdida, retorcida festeja su fechoría.


Hace unos momentos me enteré de la lamentable muerte de mi sobrino Esteban, un chico de 25 años de edad que nació con un enorme futuro por delante, con ilusiones por cumplir que fueron truncadas por su prematura partida. El motivo de tal tragedia fue la bala mortal de un asesino anónimo, que quizás disparo al aire por placer o por sentirse muy macho, o quizás estaba jugando al tiro al blanco y se le hizo fácil apuntar hacia el chico. Los peritajes determinarán la trayectoria y posible origen del disparo. Lo cierto es que la bala perdida dio en el blanco y acabó con la vida de uno de los hijos de mi primo.


En 1989 una bala perdida, disparada por un ingeniero que se dio a la fuga, también acabó con la vida de Esteban, el primo de mi esposa. En las calles de Lomas del Águila, cerca de los fuertes de Loreto y Guadalupe, una bala acabó con los sueños de un chico de 15 años. Dicen que aún con vida fue arrastrado por el homicida hasta la fuente, en donde lo encontraron muerto, desangrado. El culpable se dio a la fuga y si en este tiempo la impunidad era cosa cotidiana, en aquella época no era la excepción.
En marzo de 2017 un hombre fue encontrado muerto de un balazo en la nuca dentro de un auto que chocó contra la guarnición de la autopista, a la altura de Esteban Echeverría en Italia. Investigaciones policiales determinarán si la bala perdida proviene de un polígono de tiro ubicado a pocos metros de donde ocurrió el hecho.


En Reynosa Tamaulipas en junio de 2018 un niño de 14 años murió en la escuela, cuando una bala perdida lo alcanzó. No se sabe si dicho proyectil fue disparado por el arma de un policía o un integrante de la banda que enfrentaba a las fuerzas del orden.


Hace ya algunos años pasados, todas las navidades y festividades de año nuevo un familiar de mis hijos grandes, tenía la costumbre de festejar echando una carga de revolver al aire, me daba mucho coraje, me hacía recordar las palabras sabias de mi padre que decía que las armas en manos de pendejos causan tragedias. Por fortuna una noche la mentada pistola no quiso festejar con el ocioso personaje que recordaba la vieja costumbre. Se trabó… se descompuso… así que el tiro atorado le causó malestar y zozobra, porque en cualquier momento podía salirse o causar una tragedia. No volvió a echar tiros al aire y yo no volví a festejar las fiestas decembrinas con su compañía.


Hoy nuevamente recordé estos hechos y me sigue causando malestar el dolor que han causado, pidiendo que Dios nos libre de semejante tragedia por las balas perdidas de asesinos anónimos.
¿O no lo cree usted?

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