Los ruidos que nos impiden la felicidad

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Hay demasiado ruido en el mundo. No solo me refiero a la disrupción auditiva que nos causa el paso de una ambulancia o la molestia de las fiestas ruidosas de los vecinos; sino al ruido que nos impide detenernos y escucharnos. Aquello que nos distrae de objetivos, de relaciones y que nos llena de miedos. El ruido emocional.

Analicemos un momento cómo reaccionamos a ciertas situaciones. Ante escenarios de estrés, muchas personas compran cosas innecesarias, comen en demasía o se enojan demasiado. Es decir, el escenario puede ser el mismo, pero las reacciones al mismo pueden muy diversas. Todas esas reacciones: enojarse, dormirse, aislarse, comer, endeudarse, etcétera, son una manera de “callar” la razón que está detrás de nuestro estrés. Tal vez dejaríamos de tener estas conductas (destructivas, de alguna manera), si nos detuviéramos a escuchar a nuestro cuerpo y mente. Si pudiéramos preguntarnos qué hay detrás de ese estrés, o del enojo, del rechazo, del sabotaje, etcétera.

Es decir, “bajar el volumen” a las reacciones y escuchar las emociones, traerlas al presente y analizarnos. Muchas veces, detrás de muchas de nuestras reacciones se esconde un miedo muy profundo y muy viejo. Entonces reaccionamos de distintas formas y con algunas conductas que esconden y callan ese miedo, que nos distraen. Pero eso no quiere decir que el miedo haya desaparecido, por eso repetimos muchas de estas acciones o patrones una y otra vez. Por ejemplo, algunas personas no pueden dejar de tener una pareja. Pueden tener relación tras relación buscando pretextos para pasar a la que sigue; pero también pueden tener relaciones largas e infelices. Estas personas pueden estar sintiendo un profundo miedo a estar consigo mismos o a estar solos. Entonces llenan estos vacíos con la persona que tienen al alcance. No importa que no sea una relación amorosa, de mutuo crecimiento, de confianza, de respeto o que evolucione, sino que tienen la necesidad de estar con alguien para evitar estar con ellos mismos o, por otro lado, tienen un miedo muy arraigado a ser abandonados. Estar en una relación se convierte en algo que enmudece esa voz interior que les pide a gritos aceptarse, abrazarse y conocerse. Existen personas que no pueden estar ni un fin de semana solos porque no les gusta lo que ellos mismos se dicen. Nuestra mente, nuestras emociones y espíritu nos hablan continuamente y parte de la aceptación y amor propios representan el reto de empezar a escucharnos y a dialogar con nosotros mismos sobre lo que queremos, lo que nos falta y lo que queremos.

Otro ejemplo muy común son las personas con sobre peso y obesidad, claro, que no está relacionado con algún antecedente o condición biológica o médica. Los especialistas consideran que existe una relación entre la forma en que comemos y las emociones que se presentan, sumado esto a la forma en que fuimos educados. La obesidad, se cree, está relacionada a sentimientos de control o de protección sobre uno mismo. Comemos para protegernos, para evitar ser vistos, para guardarnos, para cargar con el peso de otros. Dejamos de escuchar nuestras necesidades, nuestros sueños y entonces llenamos esos espacios con comida para “callar”, precisamente, la voz que nos dice que debemos liberarnos. La gente que come compulsivamente tiende a ser más ansiosa que la media, precisamente por la necesidad de posponer o de dejar ir: miedos, resentimientos, obligaciones, etcétera.

Entonces, en esencia, los ruidos nos vuelven infelices y retrasan nuestra plenitud. Nos impiden sanar, crecer y amar con todo nuestro ser. Nos alejan del éxito y la prosperidad. Nos dejan en continua espera y nos limitan.

La próxima vez que descubras una conducta destructiva, tómala como una alerta para revisarte emocional y energéticamente. Escúchate y platica contigo mismo. Recuerda: estás aquí para ser feliz.

Nos leemos luego.

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