Dejar de ser los hijos de nuestros padres

Mientras vamos creciendo, nos vamos llenando de apegos, de miedos e inseguridades. La educación que nos dan nuestros padres viene acompañada de una carga emocional y de la forma que, a su vez, ellos fueron criados cuando niños. Sus miedos se reflejan en nosotros y vamos moldeándonos mientras crecemos con ciertas creencias, prejuicios, formas de hacer las cosas e, incluso, de organizar nuestra vida y tiempo. Muchas veces, estas dinámicas pasan de generación en generación sin darnos cuenta y otras se trasmiten como “tradición”, por ejemplo. Como si se tratara de una receta para ciertas cosas prácticas de la vida.
Esto puede no causar ningún problema a la mayoría de las personas cuando son adultas; no obstante, para otras muchas, la vida adulta revela mucha de esta “herencia” como conflictos y empiezan a afectar la forma en que se relacionan y hasta cómo trabajan y cuánto ganan. Las parejas que elegimos o la manera en que elegimos una pareja tiene mucho que ver con nuestra relación con nuestros padres y el tipo de crianza que hemos tenido al crecer; y esto, a veces, no se manifiesta de forma consciente. Entonces, cuando surge un conflicto intentamos resolverlo como nuestros padres nos enseñaron, con la diferencia que ahora no somos niños y las herramientas que debemos usar para la vida han cambiado.
Esto origina que las cosas empiecen a suceder más despacio e, incluso, se “obstruyan” en nuestra vida. ¿Han notado cómo tenemos épocas en las que todo nos va mal, donde nos sentimos especialmente poco comprendidos, solos o hasta inútiles? Esos momentos son llamadas de atención para nuestra mente, cuerpo y espíritu. Algo nos está diciendo que debemos de revisar estas herramientas y modificarlas. Es decir, dejar de ser los hijos de nuestros padres y dejar de caminar sobre las huellas que nos han dejado.
Estas “crisis existenciales” son, al contrario de lo que se pueda pensar, una verdadera bendición para nuestras vidas, pues nos ayudan a ver que es momento de madurar y de ser plenos, felices, autónomos y de encontrar nuestro propio camino. Recuerden: no todas las personas tienen la suerte de entrar en conflicto con viejas formas o patrones, por lo que siguen repitiéndolas hasta el último día de su vida. Es decir, no crecen, no evolucionan. Los que sí experimentamos estos momentos de conflicto somos bendecidos con el poder de decisión de hacia dónde queremos seguir con nuestras vidas. Esto nos ayudará a no repetir con nuestros hijos los patrones heredados, evitándoles estos mismos conflictos a futuro. Aquí, no quiero emocionarlos, pero sus hijos tendrán otros conflictos que deberán resolver, y eso formará parte de su vida adulta, algo que no podremos controlar como el horario de su comida, o los permisos que les otorgamos.
Entonces, se trata de encontrar los momentos precisos en los que la vida nos está llamando a retomarla y a revivirla. Es momento de madurar y de crecer, de transformación, sanación o liberación. El conflicto significa que nos hemos dado cuenta de que algo puede estar siempre mejor.
Los invito a analizarse cada vez con más detenimiento, con mente y corazón abiertos. A preguntarse qué es lo que los detiene para ser plenos, progresar, tener una pareja, tener éxito, cambiarse de ciudad. Qué es lo que les provoca miedo o incertidumbre y empezar a trabajar sobre eso. Estoy segura que se maravillarán con los cambios que pueden provocar, tan solo por empezar a entenderse a ustedes mismos y el mundo que les rodea.
Nos leemos pronto.