La generación del “yo”

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Somos una generación global. Cuando algo está pasando del otro lado del mundo, no tardamos en conocerlo. Cuando algo se pone de moda a miles de kilómetros, rápidamente podemos adoptarlo. Somos la generación del “challenge” viral. Pero, algo hemos perdido de vista, cuando selectivamente estamos olvidando muchos de los principios de nuestros padres y abuelos para poner en práctica aquello que nos acomoda más. Porque también somos la generación del “yo”, antes que los demás, del amor (¿el culto?) a uno mismo, del #prayforsomething para ganar “likes”.

Las nuevas formas de gestión de personal, el coaching y el boom de prácticas o terapias “alternativas”, las personas nos hemos volcado a comprendernos a nosotros mismos. Muchas de estas corrientes apuntan que si uno (el individuo) está bien, o si vive en bienestar, todo lo demás estará bien. No obstante, esto contradice la cantidad de violencia, de acoso, de abandono, soledad, depresión, suicidio y narcisismo del que somos testigos todos los días, especialmente –pero no exclusivamente- en las redes sociales. Esto es porque hemos elegido seguir estas nuevas formas de pensamiento de manera muy conveniente.

Anteponer nuestro bienestar, crecimiento y salud a la de los demás es lo correcto; sin embargo, cuando ocupamos este camino de manera poco empática o incluso egoísta, podemos caer en un extremo nada agradable, donde el narcicismo impera y la concepción que tenemos del otro es la de seres utilitarios, descartables, si no se ajustan a lo que “nuestro bienestar” nos dicta. Un poco como el pensamiento que algunas sectas pregonan, donde el líder, la congregación y el individuo solo existen dentro de los límites de las creencias, solo bajo los parámetros permitidos. Entonces, se logra un efecto contraproducente: por un lado buscar la liberación del ser, pero encadenados a una forma de pensar, actuar o ideología en particular.

Queremos ser aceptados, comprendidos y tolerados desde nuestros propios términos, mientras somos completamente intolerantes y receptivos con la forma de ser de otros. Los alejamos y desechamos bajo el argumento de que “nos roban energía”, nos encadenan o son obstáculos para nuestra autorrealización. Así alejamos relaciones amorosas, filiales, laborales y vamos cerrando más el círculo con el que nos relacionamos hasta que, en algún momento nos encontramos solos y preguntamos por qué el mundo se ha convertido en este lugar inhabitable. Somos nosotros mismos quienes nos estamos cerrando las puertas, pues nuestro propio camino debería también incluir la ruta hacia los demás.

No es gratis que “si amas algo, déjalo ir” se ha vuelto el slogan de nuestra generación. Si amas algo, déjalo libre, si no regresa es que te obstruía de algo mejor. Pensamos en las personas como bienes de consumo (planchas, cafeteras, tenis, chamarras) y no observamos que el amor (de cualquier tipo) es una decisión que tomamos todos los días. Decidimos amarnos a nosotros mismos, decidimos amar nuestra tierra, a nuestra familia, a nuestra pareja. Es una decisión consiente, pues requiere trabajo y compromiso para mantenerse vigente. “Si amas algo, elige conocerlo, aceptarlo, abrazarlo y crecer a su lado”. Esa es el verdadero camino hacia una liberación individual y, tal vez, sea el único camino para salvar el futuro de quienes venimos al planeta Tierra a amar y ser amados.

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