¿Quieres tener éxito? Sé feliz

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El título de la columna puede ser confuso, o puede ser muy obvio, pero básicamente, para cumplir nuestras metas debemos proveernos de una red de soporte que involucre a las personas que consideramos más importantes en nuestra vida. Las largas horas invertidas en la oficina, en un proyecto o empresa serían insuficientes sin las personas que nos inspiran, que nos empujan y por quienes estamos haciendo las cosas.

 

Incluso si se es una persona solitaria, o que privilegia la autorrealización personal por encima de las relaciones, alcanzar el éxito solo por hacerlo, no garantiza que este sea pleno o satisfactorio.

 

Albert Einstein un día escribió: “Una vida humilde y tranquila trae más felicidad que la persecución del éxito y la constante inquietud que implica”. El físico le escribió esta breve frase a un joven trabajador japonés, luego de notar que no llevaba efectivo para darle una propina. Esto, evidentemente, tras el reconocimiento mundial que alcanzó Einsten a mediados del siglo pasado, se ha convertido en lo que algunos medios llaman “La Teoría de la Felicidad de Einsten” y radica, precisamente, en ver la consecución de las metas como solo una parte de la vida, no como el fin que la vida persigue.

 

Esta forma de ver al éxito también ha sido la base de muchas corrientes de la gestión de la empresa, del coaching y del emprendedurismo.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX, la sociedad concebía el éxito como el logro de los objetivos, de acuerdo a lo que la sociedad consideraba meritorio. Se ligaba al éxito con el bienestar económico, la posición social y la estabilidad laboral. Esto llevo a gran parte de la población a medir su felicidad con base en cosas “tangibles”: dinero, casa, autos, inversiones, lujos, viajes y otros objetos valiosos, entre otras cosas. Posteriormente, se empezó a notar que esta forma de medir la felicidad y el éxito tenían un costo muy alto para las personas. La tasa de divorcios se disparó (en Estados Unidos, uno de cada tres matrimonios terminaba en divorcio), la demanda de medicamentos para tratar la depresión y ansiedad se incrementó y la brecha social se hizo más profunda. “Tener” era sinónimo de éxito, pero no de felicidad; al contrario, las personas exitosas se vislumbraban como solitarias, llenas de angustia y centrados en las posesiones, no en las personas.

 

Las nuevas corrientes de pensamiento empezaron a llevar a las empresas, a los empresarios y a los jóvenes hacia horizontes donde se privilegiaba lo social: las relaciones interpersonales, los amigos, las experiencias de vida, otras formas de socializar y el salario emocional. Esta nueva corriente se instaló mediante la idea de que la felicidad lleva, naturalmente, al éxito. Se basaba en que un ser humano completo podía alcanzar altos niveles de productividad y competitividad. El individuo empezó a buscar relaciones que no solo lo llevaran hacia el éxito financiero, sino también personal.

 

Las nuevas generaciones, por esta misma “herencia”, buscan la conexión emocional con aquello que les dotará de éxito en el futuro. Las empresas que son “excelentes lugares para trabajar” se convierten automáticamente en aquellas más atractivas para los empleados. El balance vida – trabajo se ha convertido en un “intangible” del éxito: algo a qué aspirar. Tiempo, relaciones, experiencias, satisfacción, bienestar, ahora son los ingredientes presentes en una persona que se pueda considerar exitosa.

 

Por eso, cuidar las relaciones es una parte fundamental para ser reconocido en el trabajo. Las empresas saben que una persona que tiene una red de soporte familiar, de amigos, de pareja o de colegas, trabajará más duro, será menos propenso a generar problemas y, en consecuencia, mejor candidato para ser elegido, para subir en la escalera corporativa y para alcanzar posiciones de liderazgo.

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